Con mis 48 años asomando por la esquina me doy cuenta de que en España tenemos un sistema educativo profundamente pesimista. Los colegios inculcan el miedo como si fuera el único abono posible para el futuro y me imagino que todo este temor es una herencia envenenada de la Guerra Civil que nuestros abuelos sufrieron y nuestros padres terminaron por heredar. Lo veo en mi entorno, lo veo en mí mismo y por desgracia es un peso que a veces transmitimos de forma inconsciente a nuestros propios hijos. Si eres padre piensa en las veces que repetimos esa vieja cantinela de "estudia o no serás nada" o ese consejo paralizante de "no dejes un trabajo seguro o terminarás en la ruina".
Pero luego observas el mundo real y te das cuenta de que la gente con mayor éxito no siempre es la que ha coleccionado títulos universitarios sino aquellos que se atrevieron a arriesgar su capital construyendo negocios que ninguna facultad te enseña a levantar. Quizá sea el entorno en el que crecí pero los únicos que hoy disfrutan de una verdadera libertad financiera son los que desde pequeños mantuvieron el optimismo, los que no se dejaban frenar por las dudas y los que jamás le tuvieron miedo al fracaso. Podría poner nombres y apellidos a cada uno de ellos pero no hace falta porque estoy seguro de que si miras a tu alrededor los verás con la misma claridad.
En mi caso personal he llegado a una situación económica muy favorable precisamente por no hacer caso a todos esos miedos que intentaron grabarme a fuego. Es más, mi filosofía siempre ha sido hacer exactamente lo contrario de lo que me dictaba aquella educación tradicional. Con esto no pretendo decir que no debamos formarnos, todo lo contrario, la educación es vital pero los tiempos han cambiado de forma drástica. Hace cincuenta años la Universidad era un pasaporte obligatorio hacia el éxito pero hoy, a no ser que tu vocación absoluta sea salvar vidas en un quirófano, a menudo resulta una pérdida de tiempo.
Cada año que pase encontraremos decenas de motivos para abrazar el pesimismo, cometeremos errores inevitables y nos castigaremos por ello. Pero hazme caso: no te obsesiones con los fallos, no les des más vueltas de las necesarias y pasa página rápido de la misma forma que no debes perder la cabeza celebrando los éxitos. Porque el miedo es solo un muro de humo que los mediocres levantan para no atreverse a vivir y la verdadera riqueza pertenece únicamente a quienes tienen el coraje de cruzarlo.
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